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TRANCE de Mauro Palavecino

6 de marzo | De 19 a 00h

En SALA DEL PLATA

publicado el

1 de marzo de 2026

TRANCE de MAURO PALAVECINO

CURADURÍA: CARLOS HERRERA

SALA DEL PLATA

6 de marzo | De 19 a 00h

Chile 1049 - CABA

DJ SET: VIAUX | SIMI

—-


TRANCE

La instalación de Mauro Palavecino articula como un dispositivo de insistencia dentro de una

arquitectura acotada. No organiza un relato ni propone una progresión narrativa, sino que construye

un campo de repetición donde imagen, sonido y espacio operan como fuerzas que retornan. La

repetición no funciona aquí como redundancia formal, sino como estructura política del sentido:

aquello que se repite no busca ser comprendido, sino sostenido en el tiempo.

En este régimen, la imagen seriada pierde su carácter representacional y se vuelve pulsación. Cada

aparición no refuerza a la anterior, sino que la desgasta, la vacía, la convierte en vibración. Lo que

emerge no es una figura estable, sino un estado: una presencia suspendida que insiste en no

desaparecer. La obra no muestra cuerpos; muestra la imposibilidad de clausurarlos.

La transparencia, lejos de ser un valor óptico o estético, se presenta como problema. Lo transparente

no garantiza acceso ni claridad, sino exposición. El cuerpo visible es, al mismo tiempo, un cuerpo

vulnerable. La transparencia señala una ética de la fragilidad: una condición en la que el cuerpo queda

sin protección simbólica, atravesado por miradas, discursos y regulaciones. Ver a través implica asumir

el riesgo de la pérdida.

Desde esta perspectiva, el beso aparece como una figura crítica del contacto. No como gesto íntimo o

afectivo, sino como umbral biopolítico. El beso es el lugar donde el deseo entra en fricción con el

control, donde el cuerpo se vuelve superficie de inscripción de discursos sanitarios, morales y

pedagógicos. El beso rosado condensa una memoria colectiva en la que el contacto fue administrado

por el miedo y la sospecha, y donde el placer estuvo históricamente asociado al peligro.

El sonido opera como un mecanismo de vaciamiento semántico. La palabra repetida deja de significar

para volverse ritmo. El lenguaje ya no comunica: insiste. Esta insistencia produce un estado de trance

que no remite a la evasión, sino a la saturación. Repetir hasta borrar. Repetir hasta que el sentido se

agote y quede solo la vibración del cuerpo que escucha. El trance funciona aquí como tecnología

mínima de supervivencia.

La instalación configura un purgatorio secular, despojado de promesa redentora. No hay castigo ni

salvación, solo suspensión. Un espacio intermedio donde los cuerpos no avanzan ni retroceden, sino

que permanecen. Este purgatorio no es metafísico, sino histórico: un tiempo detenido producido por

experiencias que no logran cerrarse ni archivarse del todo.

El uso de materiales livianos, industriales y descartables introduce una economía de lo precario. Lo que

fue pensado para circular y desaparecer es detenido, elevado, multiplicado. Esta operación invierte la

lógica del desecho: lo frágil se vuelve insistente, lo liviano ocupa el espacio, lo residual reclama

atención. La obra no monumentaliza; precariza la monumentalidad.

La repetición, en este marco, se vuelve también una forma de denuncia. Denuncia de un cuerpo

administrado, cansado, atravesado por narrativas de riesgo. Denuncia de una pedagogía del miedo que

reguló el deseo durante décadas y cuyos efectos persisten más allá de sus condiciones históricas.

Repetir no para recordar, sino para señalar que ciertas experiencias no se resuelven, no se superan, no

se olvidan.

Sin embargo, la insistencia no se agota en la herida. En su dimensión más productiva, la repetición

opera como gesto de limpieza. Saturar para borrar. Vaciar para habilitar otra relación con el deseo. En

este movimiento, el beso deja de ser únicamente signo de amenaza y recupera su potencia afectiva,

aunque ya no inocente: una potencia consciente de su historia.

La obra de Mauro Palavecino no propone reconciliación ni cierre. Propone un estado. Un espacio

donde el cuerpo, aun expuesto y cansado, persiste. Donde la fragilidad no es déficit, sino condición

política. Donde el deseo, lejos de ser negado, insiste.

Carlos Herrera / enero de 2026


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