
Reglas de uso
Inauguración jueves 8/1 · 18:00 hs
Galería Gachi Prieto · Uriarte 1373, CABA
La muestra podrá visitarse hasta el martes 20 de enero, de lunes a viernes de 14 a 19 hs y los días sábado de 15 a 19 hs. Bios curadoras: Julieta Ogando (Buenos Aires, 1996) Es crítica de arte, curadora y gestora cultural, e ingeniera de software. Dirige ART In Caps, una plataforma editorial dedicada a la crítica contemporánea, y publica en distintos medios culturales. Lucia Ramundo (Buenos Aires, 2002) Es curadora e historiadora del arte, formada en la Universidad del Museo Social Argentino. Combina la formación académica con la práctica teatral, la docencia, la investigación, y el trabajo en vestuario para teatro y cine. Marcia Maturell Anaya (La Habana, Cuba 1995). Curadora, productora y gestora cultural independiente residente en Buenos Aires. Desarrolla su práctica en la intersección del arte emergente y la revalorización de la ancestralidad afrodescendiente. Texto curatorial:
Trabajamos con lo que entra en un bolsillo y con lo que no entra en ninguna vitrina. Hacemos inventario de luces y sombras, de objetos a mano y gestos que pasan de largo, pero lo que nos convoca siempre se nos escapa de las manos. Ahí empieza la lectura. Nos interesó pensar la curaduría desde un concepto trillado y, por eso mismo, lo suficientemente blando como para forzarlo fuera de su contexto habitual. El folclore se entiende aquí en lo esencial: un lenguaje cultural de uso que produce identidad y significado a partir de aquello popular y cotidiano que se vuelve signo.
Las obras funcionan como agentes semióticos: transforman objetos, ritos, archivos y ritmos sociales en materia sensible, haciendo legible lo común sin acudir al realismo ilustrativo. No buscamos un catálogo de lo antiguo, sino develar lo permanente: aquello capaz de aunar a las personas en un mismo tiempo histórico. Los artistas reunidos aquí rascan significaciones de la vida social y las vuelven otra cosa para entenderlas desde otro lugar. Para profundizar en estos mecanismos proponemos pensar la Historia como un espacio vital donde signos, símbolos e íconos se tensan y dialogan. La exposición se organiza en territorios de sentido: ámbitos concretos donde esos signos se materializan en procedimientos diversos.
No buscamos sellos: probamos las obras en sus propios términos. Si hay grado, lo otorga la materia cuando sostiene la forma. Preferimos la prueba que deja rastro, antes que la credencial que no explica nada. La escena no pide permiso: aparece sin toga, con los bolsillos contados.
La lista es larga y concreta, pero el remate es invisible: lo que no se toca ordena lo demás.
Desde allí se entiende el gesto de Elías Bankowski cuando monumentaliza un signo del intercambio y lo desnaturaliza. Al poner en escena esa convención, recuerda que la economía también es un acuerdo simbólico sostenido por materia y escala: el soporte deja de ser neutro para volverse símbolo en acto. Incluso la palabra que nombra el valor vibra entre medida y afecto, abriendo la lectura sin clausurarla. En un registro afín —y con otra gramática— Robin ejerce una monumentalidad artesanal. Desde la costura, el bordado y el macramé condensa un discurso terrenal sobre rito y cotidiano: el flujo se vuelve cuerpo, la trama retiene residuos, el nudo fija tiempo. En la pieza suspendida, una cara recoge lo sedimentario y la otra registra la piel del agua. Pliegues que guardan, bordes que amparan, reparaciones discretas que impiden que el signo se rompa. Marcos Oscar Meternicht trabaja el emblema cívico bajo condiciones de uso y estrés. Superficies perforadas por impactos hacen visible una energía disciplinaria que marca la materia; a la vez, una figura ceremonial animada por aire desarma la solemnidad en un movimiento inestable y persistente. El símbolo heredado deja de ser intocable: expuesto a soplido, vaivén y perforación, oscila entre autoridad y precariedad. Lo que queda es una prueba material del signo, más que su sacralidad. En Juan Suárez ese rito se vuelve popular. Un léxico material obrero y doméstico donde consigna y objeto de uso se funden, devolviendo a la pintura su condición de trabajo y de pensamiento. La declaración de oficio aparece en la superficie sin pedir permiso; la materia alcanza para unir cuerpo y suelo. Juana Simona trabaja el recorte como pensamiento. Toma imágenes de publicaciones, las corta y recombina en grillas e instalaciones: la cita deja de ser cita y deviene síntesis. Opera un doble recorte sobre un canon ya mediado, reorganizándolo por paletas y series hasta producir figuras nuevas. Desplaza el rostro a módulo y hace circular una misma imagen por soportes diversos sin fetichizar el origen: importa la circulación y la transformación. En Catalina Alberici aparece una iconografía plebeya que roza lo sacro: una mesa ratona como escena donde objetos de uso mínimo se disponen como ofrenda cotidiana. La imagen no se agota en la tela: un elemento de esa escena migra al espacio en cerámica, desdoblando el motivo y volviéndolo cuerpo. Ese pasaje del plano al objeto intensifica la operación: conservar lo que se gasta, fijar un gesto compartido y hacerlo circular entre representación y presencia. Sin solemnidad, lo doméstico se vuelve signo. En Lía María Marrone, el objeto se traduce en imagen y la imagen se devuelve objeto. Autobiografía ficcionada: lo heredado dialoga con su representación bidimensional y ese ir y venir iconiza lo cotidiano. Más que punto de partida, funciona como pivote del recorrido: desde ahí los signos se escenifican y la lectura se expande hacia constelaciones. Con Melina Albornoz, la escena se condensa en gesto. Dibujos y pinturas de pequeño formato donde una economía de signos —mancha, borde, vacío, frase mínima— basta para hilvanar acción cotidiana. La palabra reaparece incrustada en la situación, no como lema, sino como marca de una memoria que respira en lo simple. Clara Catalán presenta escenas de memoria veladas por una indefinición que indica que actúa el recuerdo, no el presente. La difuminación no es vaguedad, es índice temporal. Paisajes familiares aparecen reconocibles y en suspenso, como si cada versión esperara a la siguiente sin clausura. En Agustina Virili, la escena urbana se traduce del registro en tránsito al lienzo: luces, brillos y perspectivas pronunciadas organizan el movimiento en composición. No se trata de mímesis, sino de atención a cómo el borroneo y la saturación marcan el pulso compartido de la ciudad e inscriben identidad en quien la habita. Mauricio Vargas Acevedo trabaja con rastros: de la escena y de la pintura. Explora el soporte en anverso y dorso; las siluetas migran, el óleo filtra y deja huella, la transparencia se vuelve regla de lectura. La obra aparece como membrana: una doble faz donde también el desplazamiento biográfico altera la frecuencia de la mirada.
Hablamos de territorios de sentido: ámbitos donde símbolos, íconos e índices se materializan en procedimientos diversos y producen identidad —nacional, urbana, doméstica, popular—. Esos procedimientos, bordado, perforación, clasificación, borroneo, serialidad, vectorización y doble faz material no son un inventario técnico, sino reglas de uso del signo. Cada artista trabaja traducciones entre códigos —del emblema al juego, del tránsito a la pintura, del motivo tradicional a la variación formal, de la lista al objeto o la instalación, de la palabra o la imagen de archivo a la síntesis— componiendo una ecología de signos capaz de describir, con precisión y sensibilidad, lo común hoy. Pedimos demorar el paso. En la luz alta las cosas simples se vuelven legibles un instante. Con eso alcanza.
Himno mínimo
Que hable el bolsillo.
Que hable lo que no entra en vitrinas.
Que el conteo chico haga ruido
y el suelo suba por la suela.
Sin toga. Sin sello.
Si hay grado, que lo firme la mancha.
Si hay ley, que la trace el hilo.
Que el aire mueva lo solemne
y lo vuelva inestable.
Que el impacto abra una boca en la superficie
y por esa boca salga el tiempo.
Que el recorte arme la sintaxis,
que la grilla organice el latido,
que la imagen circule sin origen
como una moneda gastada que todavía sirve.
Que una mesa sostenga la escena,
y un objeto salte del plano a la mano
para probar que la presencia también se fabrica.
Que lo heredado encuentre su doble
y vaya y venga sin cansarse.
Que el gesto mínimo alcance:
borde, vacío, frase corta.
Que la memoria respire en lo simple.
Que la ciudad deje halos en los bordes
y el tránsito ordene la composición.
Que el papel sea membrana,
que el anverso se escuche en el dorso,
que la huella sea una regla.
Y cuando todo esté dispuesto,
demoremos el paso:
en la luz alta, lo común se vuelve legible
por un instante.
Con eso alcanza.
Manifiesto
Nos gustan las cosas con peso chico, lo que se cuenta de a pocos y, sin embargo, sostiene una vida entera. Nos gustan las superficies que ceden, el soplido que afloja la rigidez de un gesto, la materia que se planta y dice acá estoy. Nos gustan los papeles que se dejan atravesar, el dorso que contesta desde atrás, el rastro que insiste cuando la forma se quiere ir. Nos gustan las listas y las grillas, porque también ordenan el pulso. Nos gustan las mesas que guardan escenas, los objetos que saltan del cuadro y aprenden a respirar afuera. Nos gustan los hilos que sostienen, el nudo que hace memoria, la reparación mínima que no pide permiso. Nos gusta cuando los colores de lo cívico se corren medio punto y cambian la posición del cuerpo. Nos gusta el trabajo cuando suena a trabajo y no a decoración. Nos gusta la ciudad cuando deja halos en los bordes y el movimiento se vuelve composición.
Todo eso nos gusta, pero más nos gusta lo que no se toca y, sin embargo, organiza el resto. Ese acuerdo sin firma que hace de un signo un lugar donde estar. Esa iconografía plebeya que se arma con poco y dura lo que dura una charla. Ese recuerdo que difumina sin borrar. Ese gesto que alcanza. Y entonces, sin apuro: volver, demorar, mirar. A mediodía, cuando la luz no negocia, lo simple dice la verdad durante un segundo. Después, como siempre, seguimos andando.
"Reglas de Uso"
Jueves 8 de enero – 18h
Galería Gachi Prieto - Uriarte 1333
Curaduría:
Julieta Ogando, Lucía Ramundo y Marcia Maturell Anaya
Artistas participantes: Elías Bankowski Juana Simona Robin Baena Juan Suárez Agustina Virili Lía María Marrone Marcos Meternicht Melina Albornoz Catalina Acerbi Mauricio Vargas Acevedo Clara Catalán
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